Estella-Lizarra es uno de esos destinos que se recorren con los sentidos abiertos. Capital de Tierra Estella-Lizarraldea, combina patrimonio, naturaleza, gastronomía y vida local en un mismo escenario, capaz de atraer tanto a quien sigue el Camino de Santiago como a quienes viajan sin prisa, en busca de historia, cultura y experiencias auténticas.
Su origen se remonta al año 1090, muy cerca del primitivo poblado de Lizarrara cuando el rey Sancho Ramírez impulsó su desarrollo con la concesión del Fuero de Estella, favoreciendo la llegada de francos y comerciantes. Desde entonces, la ciudad creció al calor del Camino, consolidándose como un enclave estratégico y dinámico.
Su casco antiguo es el reflejo de una ciudad medieval viva y compleja, organizada en burgos que aún hoy conservan su personalidad. San Martín, núcleo fundacional de los francos, dio paso a otros como San Miguel, San Juan o San Salvador del Arenal, configurando un entramado urbano que responde tanto a necesidades defensivas como comerciales y religiosas. En este contexto, la importante judería, una de las principales aljamas del Reino de Navarra, aportó diversidad y riqueza cultural, dejando una huella decisiva en su desarrollo.
Murallas, puertas y castillos como el de Zalatambor hablan de su pasado estratégico, mientras que iglesias, monasterios y conventos la consolidan como uno de los grandes hitos espirituales del Camino de Santiago. A este legado se suman edificios civiles que evidencian su prosperidad entre la Edad Media y la Edad Moderna.
Hoy, Estella-Lizarra mantiene intacta esa condición de lugar de encuentro. Entre el río Ega y las peñas que la envuelven, la ciudad despliega calles que nacieron como rutas comerciales, plazas que fueron mercado y puentes que facilitaron el tránsito de mercancías y peregrinos. Un tejido urbano que, más de nueve siglos después, sigue lleno de vida y convierte la visita en una experiencia tan histórica como contemporánea.